LIZARD, King Crimson (1970)

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Qué viaje que es este cd por favor.... hay un especial encanto en lo que encierra este tercer cd del rey de los progresivos barbudos. Como rara vez lo escucho este cd, todavía tiene el encanto de que cada vez que lo pongo, me olvido de que la primera media hora es insoportable: una media hora de caminata jodida en el que uno trata de rescatar esos pedazos de cordura y melodía, dentro de un contexto de lluvia con granizo que te da ganas de sentarte al costado de la ruta y mandar todo al carajo.
De qué humo salieron esos 15 minutos finales? que le habrá pasado a cada uno de esos bronces en aquél momento de la grabación? puede algo así ser realmente planeado, compuesto previamente?
Los créditos del cd le ponen nombre y apellido a uno de los momentos más increíbles que me haya dado un disco, irónicamente metido dentro de uno de los cds más insoportables que haya escuchado: Robin Miller (oboe, corno inglés), Mark Charig (corneta), Nick Evans (trombón) se suman al estable Mel Collins (flauta y saxos) y a un poseído Keith Tippett, el pianista de aquel King Crimson que parece una reunión de algún neuropsiquiátrico.
Los primeros cuatro temas de este Lizard oscilan y abusan entre adjetivos como desencajados, repetitivos, deprimentes, impredecibles.... no sé, esta costumbre de apilar adjetivos no es algo que diga demasiado. A mí simplemente me dejan sin nada. "Cirkus" tiene sus cositas (escucharlo a Fripp con una acústica es un buen comienzo), pero le pasa lo mismo que los próximos dos temas... una línea melódica insistente, y mediando y alrededor, 1327 cambios y arreglos que van apareciendo, daría la sensación, según como les va pintando a cada uno. En resumen, el tema no va a ningún lado. En medio minuto, el melotrón pasa de Freddy Kruger a Alicia en el País de las Maravillas. La voz de Haskell, el bajista, trata de cantar y, claro, dentro de este clima, el batero nunca mantiene un beat estable... en pocas palabras es un descontrol. Indoor Games, tiene una línea medio blusera y ese ritmo clásico del Come Together de los Beatles. Se banca un toque más, pero ya para cuando terminó la canción, el tema se fue al carajo 10 veces. Para Happy Family ya se habían fumado hasta a la tía abuela del sonidista, parece que todos estuvieran tocando algo distinto. De vez en cuando se puede llegar a distinguir, a los muchachos de los bronces y vientos como si estuvieran afinando sus instrumentos. Pero todo lo demás, es demasiado "vanguardista" (por llamarlo de alguna manera elegante) como para ser escuchado. Un kilombo. A alguien le gustará seguramente. Hay gente para todo.
Lady of the Dancing Water, parece como sacada de contexto. Los muchachos se fueron a fumar unos puchos afuera y quedaron Fripp, la flautita y el bajista que extrañamente afina por unos tres minutos para despacharse con una baladita con esas letras tan "señor de los anillos" que tomé la saludable costumbre de poder ignorar. Esto ya se acerca mucho más a una canción, y la flauta tiene momentos muy lindos. Que sé yo... pasa que después de haber soportado el kilombo de lo anterior, te ponen este temita deprimente y te querés cortar las venas con una galletita de salvado.
Acto seguido, la obligatoria suite multiparte progresiva, llamada como el álbum.
Pero acá no hay calabozos y dragones, no hay duendes malditos ni elfos de tonalidades verdes, a pesar de la presencia amenazadora de Jon Anderson. Amenazadora, porque el asunto comienza con la misma amargura con la que había terminado el tema anterior. Y encima con la voz de Anderson hablando de un príncipe y sus lágrimas de vidrio: un garrón. Sin embargo, poco a poco la cosa empieza a tomar color. El piano siempre acentuando las melodías, la guitarra de Fripp empieza a encontrar su espacio para encajarse en un clima cada vez más tenso. Ya en el tercer verso, entra el repique de funeral del redoblante. Y cuando Jon por fin se calla y termina la primer el primer movimiento, parece que los músicos empizan a flotar. Es algo tremendo. La delicadeza de la melodía pasa de la amargura a algo etéreo. Y Tippett empieza a marcar el camino de lo que va a ser probablemente el momento más ¿zarpado? ¿único? (qué importa!) de toda la historia del rock progresivo. Una historia de un príncipe y sus lágrimas de vidrio, siete minutos después se convirtió en una sesión de jazz que te saca el aliento, te da vuelta el bonete y te hace olvidar que 30 minutos antes te cayó un ladrillazo en la jeta.
Es increíble como a partir de un acorde de piano, el tema cambia. Se abre la puerta y llegás al salón con una banda de free jazz y cinco o seis mesas de tipos solos. Lo que en el principio del disco era un descontrol insoportable, 10 músicos pasados de mambo que hacían cada uno la suya ahora pasa a ser un descontrol de otro estilo. Todo encaja. Cada exclamación suma, cada soplido de los bronces es una puñalada. Cada fraseo del remil hijodeputas de Tippett. No sé. Es algo que a mí al menos me saca afuera de todo.
Un rato después, se desvance el sueño, y sobre el mismo insistente drumroll vuelve a cantar Haskell, y a aparecer el melotrón medieval y los ecos del primer disco, con los cortes jazzeros y la instrumentación sinfónica. Lindo digamos, pero que carajo importa, si hace un rato te pegaste un viaje que no te lo da ni la reina del mambo. Pero el tema no pierde el interés hasta el final... la corte de los bronces se quedó con ganas de más y Fripp encima se sacó. Hay algunos silencios. Alguna melodía de circo. El cd se termina.



